fronteras


 



Pero adentrémonos un poco más en el uso del término "fronteras" y a su repercusión en lo que más importa: el reconocimiento y garantía de los derechos humanos. 

Es necesario insistir en que la noción de frontera, históricamente, no es equivalente de forma exclusiva a la de muro defensivo, ni al confín de soberanía. Incluso en términos clásicos, la distinción entre los términos romanos de limes, confines o vallum es muy compleja. Resumiendo, casi riesgo de la simplificación, diría que si bien ha quedado en nuestra concepción de frontera la idea de confín, de límite y de barrera del Estado, esto es, de instrumento de delimitación de la soberanía territorial, al modo que ejemplifica el famoso muro de Adriano, no es menos cierto que en el origen mismo de este concepto la frontera es sobre todo una zona de contacto, de tensión, pero de intercambio. Y es que más allá de las delimitaciones artificiales que los Estados convienen (o imponen), es decir, construyen, a efectos de gesto ostensible de soberanía (y por tanto de lógica militar o al menos de policía y defensa), hay pueblos, culturas, intereses y necesidades sociales y económicas que se relacionan a través de la frontera como zona o espacio de contacto. Insisto: frente a la noción de frontera como limes, esto es, una línea fortificada que sirve para separar civilización de barbarie, hemos de recuperar la noción de frontera como 'espacio de interacción económica y social que paulatinamente puede propiciar el intercambio, la negociación y el mestizaje: cultural, económico, social y político'. Eso habría sido el Mediterráneo como frontera, escenario de conflictos, pero inevitablemente de conflictos que nos han constituido, que han construido lo que somos. Y, precisamente por eso, mar común, mar nuestro. Precisamente por esto el bloqueo, el cierre, el alzamiento de continuas y enormes dificultades que reducen hasta casi eliminar ese espacio de contacto, lo que a mi juicio constituye el error más grave de nuestras políticas de inmigración y asilo. Un error que, por lo demás, constituye una gravísima contradicción con todos los intentos de optimizar los beneficios que ambas partes (la UE, desde luego) podrían obtener de la existencia de un espacio común. 
La realidad es que la fuerza de la noción de 'frontera' va mucho más allá de su acepción como marcador espacial, territorial. Lo había advertido Foucault  en su premonitoria conferencia de 1967 "De los espacios otros", donde sostenía: "Nuestra vida está controlada aún por un cierto número de oposiciones que no se pueden modificar, contra las cuales la institución y la práctica aún no se han atrevido a rozar, oposiciones que  admitimos como dadas: por ejemplo, entre el espacio privado y el espacio público, entre el espacio de la familia y el espacio social, entre el espacio cultural y el espacio útil, entre el espacio del ocio y el espacio del trabajo, todas dominadas por una sorda sacralización". Para Foucault, la primera frontera, la que delimita lo público y lo privado, se alimenta de esa otra frontera que es la construcción del sexo como género y que apreciamos en Aristóteles: la mujer ocupa el núcleo de lo privado, la procreación, la casa; sólo el hombre es dueño de lo público, lo que exige, obviamente, que sea el cazador y el guardián de la frontera.
Y en este sentido es en el que Balibar hablaba de fronteras, en su clarividente libro de 1992 Las fronteras internas de la democracia: esas líneas divisorias son ante todo interiores y siguen una vez más la lógica terrible de la actio finium regundorum característica del derecho de propiedad erigida en paradigma del derecho y los derechos, esa acción en la que Rousseau veía el origen de toda desigualdad. Las fronteras no son solo ni fundamentalmente líneas físicas que siguen accidentes geográficos, sino las barreras que marcan las diferencias de clase, de estatus, de derechos. 
Javier de Lucas, Fronteras 

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