¿Por qué no me ves?

¿Por qué no me ves?, si no me equivoco, fue la pregunta que hizo Javi para acompañar su imagen en el ejercicio de creación que hicimos ayer en el aula. La pregunta es formidable. ¿Por qué no nos vemos? 

Comparto aquí varias cosas. Todas de interés. 

1. Una conocida cita de Montesquieu, el pensador ilustrado francés, que decía aquello de 'no soy francés más que por casualidad'.

2. Un vídeo de Amnistía Internacional. A través de los ojos de una persona refugiada: una experiencia de hipnosis. 

3. Y un texto (está en la antología), de un fantástico y necesario libro de Agus Morales ("No somos refugiados"), en el que nos invita a 'vernos' como personas. Personas. Personas.

«Si yo supiese algo que me fuese útil y que fuese perjudicial a mi familia, lo expulsaría de mi espíritu. Si yo supiese algo útil para mi familia y que no lo fuese para mi patria, intentaría olvidarlo. Si yo supiese algo útil para mi patria y que fuese perjudicial para Europa, o bien que fuese útil para Europa y perjudicial para el género humano, lo consideraría como un crimen, porque soy necesariamente hombre mientras que no soy francés más que por casualidad.» Montesquieu


¿Qué tienen en común, entonces?¿Quienes son? La mitad son mujeres y niñas. La mitad, también, son menores. Y algo esencial: no son nómadas. No están preparados para vivir en tránsito: lo aprenden en la ruta, y este libro está lleno de esos aprendizajes. No son nómadas: son sedentarios que pierden su casa, su modo de subsistencia. No son nómadas: el momento que recuerdan todos, el momento en que se empieza a hacer exiliado, no es cuando se cruza una frontera internacional, sino cuando desaparece el hogar, no como edificio sino como universo simbólico. No es casual que las primeras operaciones de muchas organizaciones de ayuda humanitaria fueran para asistir a refugiados: es un momento de emergencia, de máxima vulnerabilidad. El ser humano obligado a explorar sus límites. No lo habían planeado. No son nómadas. 

Y entonces, el problema léxico.

La Convención de Ginebra dice que los refugiados son los que se hallan fuera de su país. Eso deja afuera a los que, de hecho, son la mayoría de la población refugiada: los que no tienen protección internacional, los que están atrapados en Yemen, Sudán del Sur, República Democrática del Congo. Son los refugiados olvidados, porque no son refugiados. Son los desplazados internos. 

Y el otro gran problema léxico, el que suscita más polémica: ¿refugiados o migrantes?

La batalla. A un lado, los que añaden un adjetivo para reforzar sus ideas, los que hablan de migrantes económicos, los que se oponen a que una ola de simpatía hacia los refugiados suponga que masas humanas aprovechen para huir también del hambre, los que piensan que los subsaharianos se están aprovechando -ese es el verbo- de la situación. Al otro lado, los que se escandalizan con esa discriminación, los que no entienden que se acoja a sirios o iraquíes pero no a nigerianos o gambianos, los que no se fijan en los motivos de la huida. 

Una respuesta segura: son personas. Una respuesta que parece paternalista, demagógica, naif. Y, sin embargo, una respuesta que tiene mucha más profundidad de lo que parece, porque permite la entrada de ese casi uno por ciento de la población mundial en el reino de lo humano -no importan las circunstancias, sino la condición humana-, porque establece el único diálogo posible entre sociedades de acogida y refugiados, porque seguiremos hablando de refugiados y leyendo libros de refugiados y viendo noticias de refugiados que no son refugiados, pero la pronunciación de esa palabra, personas, seguirá siendo, desgraciadamente, necesaria. No es inocente llamarlos personas: en esa decisión hay una voluntad de reforzar su identidad humana frente a su identidad de refugiados, que todo lo ocupa: y que no existe, porque ellos no la sienten. 

No se puede dar por descontado que son personas, porque para mucha gente no lo son.        AGUS MORALES, No somos refugiados. 

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